21 ene 2009

Cuatro cuatro

Hueso sobre hueso

Entre sobras mis ojos no podían ver más allá de ellas, dejé aquel plato asi como lo encontré dentro de la heladera.

La comida no escasea, y ya no sé si como por hambre o por costumbre. Pero es seguro que aunque me harto de llenarme la barriga controlo mi peso haciendo ejercicio, quemando calorías para parecerme lo más posible a los modelos publicitarios de la televisión.

Parece una rutina un tanto ridícula la mía, comer y hacer ejercicio, a veces no siento más hambre pero me nutro bien, como los médicos nutricionistas dicen.

Mi vida es un tanto aburrida, seca de emociones agrego. Muchas veces triste, y me siento muy solitario e infeliz. Mi tristeza es como aquellos huesos vacunos que acabo de dejar dentro la heladera, dura e in digerible, inodora, con un terrible y persistente gusto a nada. Por eso no deseo tocar los huesos que siempre quedan luego de consumir una parrillada, prefiero que se quemen humeantes hasta ponerse negros, que huelan a grasa en carbón y así tirarlos al cesto de basura.

Me encuentro aquí, escribiendo estas palabras porque no se que hacer con mi vida, acaso ¿se que es mi vida? Quizás para cambiarla debería saber donde estoy parado, mi situación actual.

Cada segundo me remacha la cabeza. El brazo rígido del segundero acusa cada segundo, la vara roja pasa por los números grises como queriendo pincharles, señala que el tiempo está pasando, pero no más que eso porque siquiera puede pretender controlarlo. Su detención nada significa para que la impresión del tiempo no sea afectada, pero al menos en esta casa si lo es.

Su circunferencia lindante no se siente intimidada, como marco del reloj es su prisión, donde las ilusiones de controlar el tiempo quedan sujetas en ese absurdo aparato regido por un mecanismo de repeticiones. Es quién me puede dar el tiempo en esta casa, ese o el sol mismo. El tiempo parece pasar cuando el rojo segundero indaga a toda la circunferencia del reloj unas 60 veces, los números cada vez más pálidos, semejantes al blanco, en un fondo de negro están pasmados allí, como una ronda de acusados señalados como culpables y pálidos por la sentencia a esperarse. Irónico, unos números de un reloj, esperando una sentencia en un futuro innombrable; inimaginable.

Esa sentencia me hace dudar, creo que el tiempo corre como una luz inalcanzable, todo me da inseguridad ahora mismo, siempre. Pierdo el tiempo, como si la vida fuese un juego y que la pierdo porque alguna vez la gané antes de mi final mortal. La vida ¿se gana para perder?

Esta pregunta me impide contestar rápidamente sin pensar antes que mi respuesta es la clara visión de mi mortalidad, un si implica que todo está perdido o ganado para ser perdido que teniendo en cuenta el fin mismo de la vida es lo mismo que nunca haber ganado nada, y un no implica que me estoy volviendo loco.

En casa las cosas están tranquilas, cerca mío los gatos están echados sobre el suelo y me preguntaba si eran cosas o personas. Las cosas son bienes utilizables, que me sirven, aunque las personas tienen voluntad propia al fin cosas y personas me pertenecen de a ratos y me sirven de a ratos por tanto ya no puedo discernir su diferencia. Los gatos son unas cosas muy valiosas en mi casa, me hacen sentir que no estoy solo atrapado en esta casa. La casa está tranquila, es mi hogar y así debe ser.

Estaba palpando unas cortinas rojas, son ásperas y su rojo se torna como un rubí cuando el sol la traspasa. Por el hilado se ven puntos blancos como las ciudades desde lejos por arriba, cuando desde helicópteros camarógrafos hacen esas espectaculares tomas. Esta cortina tiene una ciudad entera en medio de una lava incandescente. Palpaba las cortinas porque el perro está fuera, en el patio. Y no me deja salir.

Lo espío por unas ventanas y ahora duerme, con la boca algo abierta, tirado en la sombra el morro colorado se distingue por el contraste entre la sombra y su pelaje blanco. Mucha sangre debe estar corriendo por debajo de su piel y su respiración acelerada me da indicios de que el calor le agita demasiado. Siento que estoy mirándome en él. Compartimos la misma desgracia atrapados entre las mismas rejas y paredes. Rodeados de colores en las cosas, llenos de ellas, inútiles cosas. Solo podemos romperlas en paz.

Ante la luz de mi oscura habitación juré olvidar todas las injusticias que extraviaron mi vaga infancia, la de mi amor que siento actualmente por ella que planto la mentira de la esperanza. La, ella inflamando los deseos más altos de carnales insistencias.

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